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Nació en San Marcial (departamento Uruguay), en 1952. Pero recién recibido, con su título de Profesor de Letras, se fue de la provincia, como tantos, a buscar horizontes más amables y los encontró en El Colorado, Formosa, donde se radicó en 1975.

Orlando Van Bredam: ganador del premio Emecé de novela


Hoy, como tantos escritores y poetas (como Veiravé, como Calveyra, como Angelino), tras conseguir un lugar consagratorio, se recuerda que su origen es entrerriano. Orlando Van Bredam, sin embargo, es ya formoseño por adopción, tal como el mismo lo señala en declaraciones a la prensa. Es que allí, en esa tierra, encontró la contención que en su lugar de nacimiento le fue esquiva. Es en El Colorado y sus adyacencias —donde reside—, donde transcurre la historia de su novela Teoría del desamparo distinguida el jueves con el premio Emecé de Novela 2007, galardón que al margen de su valor monetario, es el más antiguo de la literatura argentina ya que se otorga desde 1954, cuando lo obtuvo Beatriz Guido. Desde entonces lo ganaron Griselda Gambaro, María Esther de Miguel, Angélica Gorodischer, Tomas Eloy Martínez y Eduardo Mignogna, entre otros. A esta galería de notables se suma Orlando Van Bredam.

El jurado, integrado por gigantes del género en Argentina: Vlady Kociancich, Andrés Rivera y Abelardo Castillo, coincidió, por unanimidad, en destacar las cualidades del texto escrito por el ganador, un tapado desconocido en las grandes capitales. La entrega del premio disipa en parte las sospechas que siempre se tejen en torno a estos certámenes.

Cultor del bajo perfil y apegado al trabajo al partir de Entre Ríos, Van Bredam debió soportar un desarraigo indeseado, forzoso. Ahora, que su nombre encandila a los desprevenidos de siempre (que son mayoría absoluta) tras ganar un lugar que le corresponde por derecho, por trabajo y talento, sería bueno preguntarse (como un ejercicio de honradez intelectual) cuántos coprovincianos conocían la valía de su producción. Y cuántos lo acompañaron en estas largas décadas de exilio y esforzada tarea literaria. Seguramente alcanzan los dedos de las manos para contarlos.

Hace ya 14 años, en una entrevista, el poeta Miguel Ángel Federik, me confiaba: "Por lo general la gente no tiene idea del arduo trabajo que implica el proceso creativo, el sufrimiento que es crear. Uno hace equilibrio todos los días, y se arroja sin red a una pileta en la que no sabe cuanta agua contiene, o si la hay. Tampoco cómo va a caer". Con esta imagen se refería al genuino y honrado trabajo intelectual. A aquella tarea sistemática en el campo del conocimiento, posible sólo cuando quien la realiza decide llevarla adelante por vocación, convicción y elección.

Federik sabía de qué hablaba. El poeta villaguayense había ganado hacía pocos meses el premio Fray Mocho 1992, género poesía con Una liturgia para Némesis.

Sin embargo, pese a que su nombre era reconocido en el país y la noticia había sido difundida por todos los medios de la provincia, apenas si el hecho era conocido en su lugar de residencia, la ciudad en la que aún vive.

Recuerdo que con ese reportaje, que luego se publicó en un medio local, quise realizar un mínimo acto de justicia en un contexto que era indiferente (en su mayoría) a una de las voces más calificadas de la literatura entrerriana (y acaso nacional) porque no lo entendían, porque les parecía excéntrico. Porque, en fin, no lo habían acompañado (no querían, no podían) en el esfuerzo de elevar la mirada para, desde un punto más abarcativo, acceder a otros horizontes. Hoy pensé si algo similar no ha sucedido con Orlando Van Bredam, al que tal vez ahora, tras ganar un premio, muchos reivindiquen como entrerriano.

Una posición que tiene mucho de impostura, porque hasta el viernes pasado —a excepción de un reducido grupo que lo colocaba en el sitio que le correspondía— el nombre de Van Bredam no significaba demasiado. Para decirlo sin eufemismos, nada.

¿Bastará quizás los reconocimientos y felicitaciones que seguramente le llegarán de aquí en más para mitigar esa falencia? Una vez más, parece, se ha ratificado la validez de aquella sentencia, con resonancias bíblicas: Nadie es profeta en su tierra.

Por Carlos Marín

Fuente: El diario de Paraná

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