Sábado
19
Septiembre
Occidentes

Hace treinta y un años comenzaba el peor proceso institucional de la República Argentina. Los escritores argentinos fueron también los principales perseguidos e incluso desaparecidos.

A 31 años de la peor solución


Que todos los procesos tienen que ver con la generalidad de las cosas no es materia discutible. Todos conocemos, y más aún los que nos encontramos dentro de ese mundo misterioso que es el de las letras, de la permeabilidad de los hechos. No es posible aislar un hecho artístico de aquel que no lo es. Resulta una tarea de difícil logro intentar comprender un texto o un autor si lo separamos de su tiempo, de su experiencia de hombre, de su época vivida, de su realidad única. Es así que inmersos en otra realidad, en aquella que sirvió de molde a personas que resultaron imprescindibles a la hora de leerlas, podemos entender el porqué, el cómo, el origen y la causa de un silencio posterior e inconcluso, resquebrajado por la memoria, resistido por sus obras permanentes, descartado por la voz que lo repite. Se cumplen treinta y un años del comienzo de una época nefasta, olvidable y no, bisagra de un comportamiento social. Treinta y un años de la peor solución, de errores insalvables que han reflejado la impunidad del poder. No lo hubo imaginado Cortázar en París, no lo hubieron imaginado ni siquiera los Buendía en Macondo, ya sabíamos que La Maga, en la Rayuela de Cortázar, no era de entender estos hechos, pero Horacio, que lo preveía todo en la misma Rayuela, tampoco lo hubiera imaginado. Hace treinta y un años comenzaba el fin. El feroz Proceso de reorganización nacional en la República Argentina comenzaba a llevarse cuerpos y almas. Las personas no morían ni vivían, desaparecían. El tiempo se estancó en un infinito de angustia. La soledad del débil se licuaba en el desconcierto y la frontera del exilio. La vida valía lo que la tortura dejaba en el cuerpo. La letra se escribía a trazos cortados, ausentes. La herida se abría en Rodolfo Walsh. Ya se había abierto en Juan Gelman, en Haroldo Conti, en Miguel Ángel Bustos, y años más tarde, en Julio Huasi. La pertenencia era un pasado recurrente. Igualmente no entendieron. Ignoraron al tiempo. Lo desafiaron como cualquier hombre puede desafiar a la muerte. Y fracasaron. Hace treinta y un años comenzó el fracaso. No aquel que se nos llevó la esperanza de vivir en un lugar en donde los derechos naturales se cumplan a rajatabla, no aquel que desnudó la fragilidad, los miedos y las miserias que fuimos capaces de despertar ante los diferentes. Tampoco ha sido aquel, ese fracaso, el que nos marcó la crueldad de nosotros mismos, crueldad que alimentamos con la indiferencia hacia el otro, con la única convicción de que el otro se equivocaba, de que había que callar cuando ese otro hablaba a costa de su vida, con la estupidez del precavido. Ha sido ese fracaso efímero, menor. Hace treinta y un años comenzaba otro fracaso. Comenzaba el olvido. La memoria se fragmentaba, se dividía, se ponían marcas como señaladores en las páginas. Se salteaban hojas numeradas, se clasificaba a los autores. El tiempo, esa máquina de olvido, comenzaba a limar imperfecciones. Resurgía la similitud, el parecerse a aquel que no había sido marcado por la pertenencia o no a una determinada idea. Y empezábamos a nombrarlo olvidando a los otros, suicidándolos. El tiempo fundamentaba su pasado y se llevaba con él a aquellos que lo habían cuestionado. Hace treinta y un años el tiempo se llevó lo que no debía. Arrasó con purezas e impurezas. Nos privó de Rodolfo Walsh, de Haroldo Conti, de Miguel Ángel Bustos así como de Julio Huasi y de tantos otros. Han quedado sus letras impacientes. Ha quedado la soledad de una prosa necesaria. Ha quedado el silencio de un poema que aún espera unos ojos que lo lean, un cuerpo que lo padezca y un alma que no lo olvide. Hace treinta y un años comenzaba un fracaso que nos privó de comprender las diferencias. Esta página ha pretendido la pluralidad. Ha hecho de lo diferente un hábito. Podemos leer autores disímiles, contrapuestos: Walsh, Borges, Cortázar, Bioy Casares, Conti, Aguinis, Bustos. Ha prevalecido y prevalece el arte de las letras, el reconocimiento a aquel que del escribir hace una forma de vida. Hoy no quiere estar ausente de aquella otra. De esa vida condenada por el signo de la audacia. Esta página hoy se enorgullece de aquellos que no se apartaron de sus convicciones pese al miedo, pese a la angustia de saber que aquel a quien le escribían, aquel lector al que todo escritor escribe, fuera su propio verdugo.

Ricardo Cardone

Fuente: Escribirte.com.ar

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