Lunes
25
Mayo
Occidentes

Añeja. Tiene 90 años. Cuidó a Gabriel García Márquez en su infancia. Ella entonces tenía nueve años y él, uno.

Habla mujer que crió a Gabo


María Magdalena Bolaños Suárez, una anciana de 90 años que habita en Aracataca, Colombia, desgrana sus recuerdos de infancia. Uno de ellos: que trabajó como niñera con apenas nueve años de edad y que cuidó a un niño que se llamaba Gabriel José García Márquez.

Ese niño, que mañana cumplirá ya 80 años, es el autor de la novela Cien años de soledad, el Premio Nobel de Literatura y uno de los mayores escritores vivos de lengua española.

María Magdalena evoca a Gabo, como todos le dicen al narrador, como un niño trigueño, de pelo lacio, muy inquieto, que jugaba con su vecino Luis Carmelo Correa.

Lo cuidó hasta el día en que él se fue de Aracataca, ese lugar que es la materia prima de sus obras literarias.

En Aracataca la temperatura sobrepasa los 37 grados. Incluso a veces bordea los 40. Pero en la casa de María Magdalena se siente frescura y una especie de suave brisa que contrasta con el calor abrumador de la calle y de otras viviendas. No cuenta con acondicionadores de aire. Tampoco suele encender el ventilador. Sin embargo, la casa, una villa de cemento de una planta y de color crema, es fresca.

Tal vez porque entre el techo y el piso hay una gran distancia. Quizá porque María Magdalena, una anciana vital de 90 años, bien podría ser uno de esos personajes de la novela Cien años de soledad, que desordenan el curso real de la existencia cotidiana y logran, a su paso, que acontezcan sucesos mágicos. O simplemente porque esa frescura es un reflejo de la vida actual de esta mujer guajira, que arribó a Aracataca a los ocho años, junto con su madre, su abuela y un hermano, en busca de trabajo, y se quedó allí hasta ahora.

Se parece, de cierta forma, a la inquebrantable Úrsula Iguarán, que se murió de vieja, luego de ser el eje de la familia Buendía, un personaje de ficción que para María Magdalena no es desconocido, porque salió de la pluma de Gabriel García Márquez, y ella a Gabo, como le dice, lo conoce casi desde siempre.

Se empleó siendo aún pequeña en la casa del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía y de Tranquilina Iguarán, y el oficio que le asignaron fue el de cuidar a Gabito, refiere. Ese trabajo lo hizo hasta el día que Gabo se fue de Aracataca. Para entonces él tenía ocho y ella ya era una jovencita, que pasó a emplearse en la casa de Carmelo.

Luego contrajo matrimonio y dejó de trabajar para dedicarse al hogar. Fue madre de 15 hijos, de los cuales viven 11, todos profesionales, que le han dado 49 nietos, 18 bisnietos y 5 tataranietos. Ellos viven lejos de Aracataca: en Bogotá, en Cartagena, en Barranquilla o Ipiales, excepto un hijo, que la acompaña, y la hija menor, que es su vecina.

Pero todos, desde la distancia, están pendientes de María Magdalena: le depositan dinero cada mes en su cuenta de ahorros para que nada le falte, le envían ropa y la tienen registrada en un seguro médico privado. Ella, por su parte, alquila un departamento de su propiedad, que le proporciona otro ingreso. Su esposo ya murió.

La casa donde habita, al lado del Puente de los Varados (lugar donde va a sentarse la gente desocupada para conversar) además de fresca, es tranquila y ordenada. Todo está en su sitio. Una muchacha le ayuda puntualmente en los quehaceres de limpieza, pero de cocinar y de lavar su ropa le gusta ocuparse ella misma. Y de ir al mercado a diario.

Para esta mujer de piel tostada, de cabello corto algodonado y ojos vivarachos del color del pechiche, el día comienza temprano: a las cuatro de la mañana, cuando se levanta para tomarse un tinto.

Enseguida sale al portal de la casa y sentada en una silla mira el amanecer: la gente que pasa, los que van a los trabajos. Pero, asimismo, se le acaba pronto: a las ocho de la noche se va a dormir.

A García Márquez lo volvió a ver cuando visitó Aracataca y era un muchacho de más de veinte años, de cabeza frondosa y algo corpulento. Fue el último contacto. A quien siguió viendo, cada vez que viajaba a Cartagena por algún motivo, fue a Luisa Santiaga, la mamá de Gabo, a la que recuerda como una mujer muy hermosa.

Del escritor sabe que se ganó el Premio Nobel de Literatura y que es una persona importante, al que siempre ve por televisión. Pero risueña y extrovertida como todo cataquero, suelta una impresión: "Gabo está más viejo que yo". Dice que no ha leído ni tiene sus libros, excepto Cien años de soledad, pero un día lo prestó y jamás lo recuperó.

Nonagenaria, también María Magdalena se ha convertido en una personalidad. La visitan estudiantes, profesores y personas que desean que les cuente sobre Gabo o les narre cómo era Aracataca en la antigüedad.

Sus relatos coinciden con algunos de los sucesos de Macondo de Cien años de soledad: Antes había prosperidad, dice. En las noches, en algunos lugares se bailaba la cumbiamba y en vez de esperma para alumbrarse, se quemaban billetes. Luego hubo la huelga bananera, que dejó gran cantidad de muertos. Los gringos se fueron, el pueblo se quedó sin trabajo y entonces vino la conformidad. Todo quedó en ruinas.

"Mi vida es feliz, mis hijos no quieren que haga nada. No me duelen las piernas, pero tengo el corazón hinchado".

"Antes me iba a Bogotá dos meses, otros dos a Barranquilla. Ahora no puedo agitarme".

por Clara Medina | ARACATACA, Colombia

Fuente: El universo

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