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En "Jorge Luis Borges. Un intelectual en el laberinto semicolonial", el historiador Norberto Galasso busca detectar qué motivos llevaron al autor de "Ficciones" a pasar de un apasionado criollismo plasmado en sus poemas de juventud al irónico escepticismo político.

Llega un nuevo y recomendable ensayo sobre el Borges poeta


Escribe Juan Rapacioli (Especial de Télam)

El ensayo, publicado por Colihue, va en busca del joven Borges, un poeta formado a la manera británica que sin embargo supo correrse de la línea familiar y ampliar su búsqueda literaria por barrios porteños que lo fascinaron y le otorgaron elementos estéticos para configurar una mitología de gauchos, compadritos y cuchilleros que dejó una huella incomparable en la literatura argentina.

Pero algo fue cambiando en la vida del escritor, que lo distanció, entre otras cosas, de su temprano yrigoyenismo, y lo encaminó hacia una nueva forma de concebir la literatura, donde los juegos con el tiempo, lo fantástico y lo onírico cobrarían más importancia que las viejas aventuras poéticas que alguna vez dedicó, incluso, a don Juan Manuel de Rosas o a la Revolución Rusa, y que luego se encargaría de suprimir.

"Este ensayo intenta -dice Galasso en la introducción-, abordar este misterio de los dos Borges, pero señalando que no es al poeta a quien queremos sentar en el banquillo de los acusados, sino a quienes han sido responsables de esa ruptura en su obra y su vida, es decir, a la superestructura cultural montada por la clase dominante para ayudar a mantener el orden consagrado que resguarda sus privilegios".

- ¿Cuándo se interesó por la compleja relación de Borges con la política?

-Cuando leí "El compadre", un poema claramente borgeano, firmado por un tal Manuel Pinedo.

Me llamó mucho la atención esa forma de criollismo. Entonces fui a verlo a César Tiempo, que conocía infinidad de gente en el mundo literario, y me dijo que Pinedo no existía.

Era un seudónimo. Más tarde, en reportaje con un antropólogo, Borges reconoce que efectivamente es un poema suyo.

Me encantaban sus mitologías barriales, como sus milongas, aunque después lo escuchaba decir cosas horrendas sobre el pueblo, el tango y la política.

- ¿Ahí pensó en la teoría de los dos Borges?

- Claro, empecé a profundizar en Borges, sobre todo en sus declaraciones, como cuando le dice al padre, que era anarquista y vegetariano, que había ido a comer una parrillada con Scalabrini Ortiz, y este, indignado, le pregunta cómo se le ocurre comer vísceras de animales, alegando que en el futuro las carnicerías dejarían de existir.

Pero después, en otro reportaje, Borges menciona que a Scalabrini apenas lo trató y casi no lo conoce. Reniega de esas cosas, diciendo, por ejemplo, que Discépolo era un funcionario peronista que hacía publicidad por radio.

Todo eso me llevó a comprar sus obras completas, leerlas de a poco, y encontrarme con esta idea de que algo había pasado en su vida, obligándolo a rechazar la reedición de sus obras juveniles y encausándolo hacia una literatura que no tenía nada que ver con la latinoamericana.

- ¿Cuál destaca de esas obras suprimidas?

-Es interesante el caso de "El tamaño de mi esperanza" (1926), libro que Borges detestaba y María Kodama reeditó, donde se encuentran reflexiones como que Sarmiento era un indio norteamericanizado, recién llegado a la cultura y que por lo tanto creía que la cultura lo resolvía todo, o las reivindicaciones constantes a Yrigoyen.

Por algún motivo, después de "El hombre de la esquina rosada" (1927), Borges empieza a preocuparse más por las formas literarias que por el contenido y, quizás, "Historia de la eternidad" (1936) marca un punto de ruptura: ese punto está ligado a la muerte del padre, a su creciente ceguera, y a su trabajo en la biblioteca que lo llevó a cenar durante casi 40 años en la casa de Silvina Ocampo y Bioy Casares.

Bioy cuenta muchas cosas en su monumental biografía de Borges. Una de ellas es como ambos se metieron de lleno en la literatura fantástica y policial, géneros que tienden a evadir los problemas del lugar donde uno vive.

Pero, sin embargo, en las milongas, se da como una recuperación del Borges joven. El fascinado con los temas barriales y gauchescos.

- ¿Esas contradicciones son parte del laberinto semicolonial?

- A eso me refiero, a medida que escribía el libro, me fui dando cuenta de que hemos sido un poco injustos con Borges.

No le perdonamos ni una de las ironías políticas que decía. Y, en realidad, él también fue víctima de los dominios de la oligarquía, que lo frustraron como una gran posibilidad nacional.

Creo que Borges arrastró consigo esa dualidad: fue un hombre gélido, europeizante, lúdico y enciclopédico, pero también fue un poeta que conoció las noches, los barrios porteños, los prostíbulos y las peleas a bastón limpio.

 

Fuente: Telam

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