Lunes
25
Enero
Occidentes

La editorial Alfaguara acaba de lanzar una serie de cinco volúmenes que compila las cartas del autor de Rayuela.

Las cartas de Cortázar


El primero de ellos revela a un Cortázar joven, casi desconocido para el público, con sus miedos, sus dudas, sus amores y sus ideas sobre la amistad, la vida, la muerte, y sobre la propia literatura. El epistolario nos permite saber quién era Cortázar antes de ser Cortázar.

Los epistolarios, como los diarios, son una forma de autobiografía y, en el caso de los escritores, construyen un género literario per se que puede leerse como si fueran verdaderas memorias.

Desde Flaubert hasta Tolstoi, desde Thomas Mann hasta Tolkien, sin olvidar la correspondencia medieval (Abelardo y Eloísa) o la renacentista (Petrarca y Erasmo), las cartas no sólo reflejan una intimidad personal, sino que constituyen también un testimonio invalorable sobre una época y una geografía. Cartas 1. 1937-1954 (Alfaguara, 2012) reúne las cartas de un Cortázar joven, casi desconocido para el público. Este libro es el primero de una serie de cinco volúmenes, y constituye la versión corregida y ampliada (se agregaron 1.000 cartas más) de una edición publicada ya en el año 2000 por la notable traductora Aurora Bernárdez y por Gladis Yurkievich. El volumen al cual nos referimos ahora, de reciente aparición, fue -asimismo- preparado con gran rigor por su viuda y albacea, Aurora Bernárdez, con la colaboración, esta vez, del doctor en Filología Hispánica, el catalán Carles Alvarez Garriga. Labor titánica la de ellos, y más que provechosa para el lector.

El epistolario es integral y hay todo tipo de cartas: desde las esquelas o las destinadas a meros trámites, hasta las largas e intensas, enviadas a los amigos, de tono cálido y confidencial. Nos encontramos así con el autor entre las edades de 23 y 40 años, sus comienzos como docente en las ciudades de Bolívar, Chivilcoy y como profesor de literatura francesa en la Universidad de Cuyo, Mendoza. Están presentes su cotidianidad en Buenos Aires, sus inicios literarios, su relación con la revista Sur, y finalmente su viaje a París, ciudad donde se establecería hasta el final de su vida, ejerciendo allí -paralelamente a la literatura- distintas tareas como fuente de subsistencia: entre ellas, la de traductor en la Unesco.

La mayoría de las cartas está dirigida a amigos personales como el poeta y pintor Eduardo Jonquières y su mujer María, al poeta y místico franco-argentino Fredi Guthmann, a su ex compañera de claustro en el Colegio Nacional de Bolívar, Mercedes Arias. Hay otras enviadas a Damian Bayón, Ana María Barrenechea, Pepe Bianco, María Renée Cura, Juan José Arreola, entre tantos otros.

Decía Cortázar con respecto a los epistolarios: "Odio las cartas literarias, cuidadosamente preparadas, copiadas y vueltas a copiar; yo me siento a la máquina y dejo correr el vasto río de los pensamientos y afectos".

Las suyas son, efectivamente, cartas coloquiales -como su literatura toda-, donde se lo encuentra en cuerpo y alma, con sus miedos, sus dudas, su nostalgia, sus amores, sus aversiones, sus ideas sobre la amistad, la vida, la muerte, y sobre la propia literatura, tema central en su existencia, donde no faltan los comentarios críticos o mordaces.

En esta aventura que es leer las misivas de este período están sus preferencias de todo tipo, sus viajes, el mate amargo, el jazz, el box, la pintura y muy especialmente Matisse, la poesía de Georg Trakl. Y también hay juicios sobre Onetti, Girri, Olga Orozco, Victoria Ocampo, entre otros escritores rioplatenses.

Están presentes el tedio que despiertan en el gran escritor en ciernes las ciudades de provincia con su monotonía, sus opiniones a veces lapidarias acerca de ellas y luego, el descubrimiento de París, con su deslumbramiento, pero también con la difícil lucha por ganarse el pan allí.

Nostalgia y descubrimientos
Al igual que los voyeurs, penetramos así en noviembre de 1951 en la habitación Nr. 40 de la Casa Argentina de la Ciudad Universitaria, luego en su primer cuarto alquilado en la rue d'Alesia y más tarde en el dos piezas donde se fuera a vivir con su mujer de entonces, Aurora Bernárdez ( 1953), cerca de la Place d'Italie.

Hay sencillas y maravillosas descripciones de París, como "flashes" en medio de las cartas, los museos, las exposiciones, los conciertos a los que asiste, la gente que va conociendo, los cafés, sus malestares, los accidentes, su permanente referencia a Buenos Aires, en medio de contradicciones, todo, en ese estilo tan personal e innovador que hiciera de él un escritor único.

Desde aquel primer día en que llegó a la Cité Universitaire y se puso a ordenar sus libros y papeles, Cortázar recordaría la ciudad dejada atrás: "La sola contemplación de un sobre o el olor del papel me devuelven a latigazos a Buenos Aires" (carta a Jonquières).

En esa época todavía escribe poesía (varios sonetos están incluidos en el epistolario), se dedica a trabajar sobre Keats, ya tiene varios cuentos que conformarían "Bestiario", redacta en inglés un trabajo sobre el Vedanta para su amigo Guthmann, relee a Proust.

Ya están corporizados sus famosos "cronopios" y su sarcasmo, su sensibilidad exquisita y su voracidad intelectual y artística encuentran en París el centro por excelencia de todas estas pasiones.

En las cartas aparecen fragmentos redactados en francés o en inglés, ya que Cortázar era un políglota, y varias de las misivas aparecen firmadas con su pseudónimo: Julio Denis.

Las notas a pie de página y los índices al final del libro (uno onomástico y otro con la lista de las obras mencionadas) de los compiladores esclarecen aún más el contenido de los textos.

En épocas como la nuestra, donde el correo electrónico ha declarado prácticamente la muerte de la carta en papel, este epistolario es una gema digna de ser recomendada, tanto para los seguidores de Cortázar como para aquellos que quieren comenzar a conocerlo.

Lo que es indudable, leyendo este libro, es que antes de ser Cortázar, Cortázar ya era Cortázar.

Alina Diaconú - Escritora. Su último novela es Avatar.

 

Fuente: La Gaceta

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