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Son tan numerosas las novelas sobre dictadores en la literatura latinoamericana, que casi integran una categoría parte.

Otro ángulo: Dictaduras en la literatura


Por Clara Recio
Según el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, más que una categoría “las novelas con la figura del dictador son recurrentes en la literatura porque éste es un tema recurrente en la vida de los latinoamericanos”.
Este año ha sido aciago para los tiranos de la región. Alfredo Stroessner, que gobernó con mano dura al Paraguay durante más de 30 años, murió a los 93 en agosto pasado, en un hospital de Brasil. Y Augusto Pinochet, el ex dictador chileno, murió este domingo pasado a los 91, sin haber pagado por ninguno de sus numerosos crímenes de lesa humanidad.
Estos dos bien podrían protagonizar alguna novela sobre dictadores del siglo 20. El crítico y estudioso de la literatura latinoamericana, Julio Ortega, dice: “Felizmente, de algunos dictadores de ferocidad y codicia criminales, como Stroessner y Pinochet, no creo que pueda haber novelas: son de una mediocridad irredimible y sólo producen repugnancia moral”.
El antecedente latinoamericano de obras que tienen a tiranos como protagonistas, o temas como la violación de los derechos humanos o la tortura, es el libro del escritor español Ramón María de Valle Inclán, Tirano Banderas, publicado en 1926. En él se hace una reflexión sobre el poder y la pasión por el mando en nuestro continente.
El señor Presidente, la obra en que se dibuja el retrato de un dictador en caricatura, es la descripción y la denuncia de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, el sanguinario dictador guatemalateco de la primera mitad del siglo 20.
Casi tres décadas después aparecieron otras dos novelas sobre dictadores latinoamericanos: El recurso del método, en la que el cubano Alejo Carpentier traza la imagen de un tirano ilustrado, y Yo el Supremo, donde Augusto Roa Bastos cuenta la historia de 26 años en Latinoamérica, con el Paraguay como escenario y Gaspar Rodríguez de Francia, el Doctor Francia, como protagonista de la historia de ese país entre 1814 y 1840.
Según Ortega, Roa Bastos “convierte al dictador en síntoma del autoritarismo de la tradición, capaz de apoderarse del lenguaje mismo. El dictador, afirma, es el abuso del Yo, esa impositiva autoridad que elimina el diálogo”.
Años después, Gabriel García Márquez sorprendería a los latinoamericanos con El otoño del patriarca, un torrente sin fin de palabras crueles, duras, satíricas, plenas de humor no condescendiente hacia un personaje, un dictador sudameriiicano sin nombre, a quien el autor destruye hasta en el menor de sus detalles sin compasión alguna.
“En éstas y otras novelas nuestra cultura trata de entender la naturaleza absolutista del poder entre nosotros, la ferocidad de la política hecha sobre la palabra única, y exorcisar,así, esa pesadilla histórica que domina nuestra historia política”.
El mismo Tomás Eloy Martínez, uno de los mejores periodistas de América Latina, escribió, en 1985, La novela de Perón, en la que se introduce en el corazón de un personaje “apasionadamente contradictorio”. Y habla con decenas de personas cuyas vidas fueron trastornadas por los torbellinos causados por el general Juan Domingo Perón. “Agosto”, del brasileño Rubem Fonseca, publicada en 1990, en Río de Janeiro convulsionada por atentados, muerte y corrupción que sufrió Brasil en agosto del 54, alcanza el clímax cuando el presidente Getulio Vargas se suicida en el Palacio de Cateté.
Entre las últimas novelas sobre dictadores latinoamericanos destaca La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, que narra la aventura trágica de un grupo de jóvenes que deciden matar al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. El escritor relata cómo lo hicieron, cómo prepararon el atentado, qué ocurre dentro de cada uno de ellos. Se trata de hechos históricos, y el autor tiene buen cuidado de no apartarse demasiado de ellos, y los cuenta como en un reportaje en el que está muy presente la sicología.
Faltan por escribir las novelas sobre personajes como Fidel Castro, con 47 años en el poder, que para muchos de sus seguidores se ha convertido, de un caudillo, en un dictador; la del paraguayo Alfredo Stroessner, y la del recientemente fallecido ex dictador chileno Augusto Pinochet. Aunque, como dijimos antes, de estos dos últimos es difícil que se escriban novelas: son tan mediocres, que sólo producen repugnancia.

Fuente: Vanguardia.com

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