Jueves
6
Agosto
Occidentes

Poeta, prosista y médico, Baldomero Fernández Moreno les asestó un golpe en el alma a los moradores de aquel edificio gris de Pueyrredón y Corrientes, con setenta balcones y ninguna flor: “La piedra desnuda de tristeza agobia”, sentenció.

Hace 120 años nacía el poeta de los “setenta balcones y ninguna flor”


Ana María Bertolini Se llamaba Baldomero Eugenio Otto Fernández Moreno y había nacido en Buenos Aires, el 15 de noviembre de 1886; sus padres lo llevaron a vivir a España a los seis años y recién regresó cumplidos los trece.
En 1912 se graduó de médico en la Universidad de Buenos Aires y ejerció en el ámbito rural, mientras vivió en Chascomús y Catriló (La Pampa) y en Buenos Aires, donde siempre volvía; pero en 1925 colgó su estetoscopio y se dedicó por entero a las letras.
Posmodernista en sus comienzos, su poesía derivó en un estilo intimista que algunos denominaron “sencillismo”. Sus versos tienen una elaboración atildada y cálida, y su lenguaje, a veces irónico, no cesa de ser cordial.
En Catriló escribió sus dos primeros libros: “Las iniciales del misal” (1915) e “Intermedio provinciano” (1916), elogiado por Leopoldo Lugones.
De vuelta en Buenos Aires, publicó “Ciudad” (1917), una recopilación de poesías dedicadas a los barrios porteños, al que pertenece su famoso soneto Setenta balcones y ninguna flor: “Si no aman las plantas no amarán el ave,/ no sabrán de música, de rimas, de amor./ Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave.../ ¡Setenta balcones y ninguna flor!” Le siguieron las siguientes obras: “Por el amor y por ella” (1918); “Campo argentino” (1919); “Versos a Negrita” (1920); “Nuevos Poemas” (1921); “Mil novecientos veinte y dos” y “Cantos de amor, de luz, de agua” (1922) y “Aldea española” (1925).
En 1925 abandonó la medicina y vivió de la enseñanza y la poesía: enseñaba literatura e historia en escuelas secundarias. Y colaboró en La Nación, Caras y Caretas y otras publicaciones. Entre 1926 y 1931 se sucedieron “El hijo”, “Rimas y poesías”, “Sonetos”, “Ultimo cofre de Negrita” y “Cuadernillo de verano”.
En 1934 ingresó como miembro de número a la Academia Argentina de Letras y en 1935 ganó el primer Premio Nacional de Poesía con “Dos poemas”, al que le siguió “Romances y seguidillas” (1936).
Tras una desgracia familiar, en 1937 Fernández Moreno tuvo una profunda depresión nerviosa, que se prolongó hasta fines de 1939; en ese tiempo publicó “Penumbra”, cuyo tema central es la muerte.
En 1938 apareció “Continuación” y en 1941: “Yo, médico; yo catedrático”; ““Tres poemas de amor” y “Buenos Aires: ciudad, pueblo, campo”. Ese mismo año comenzó a publicar “Antología”, que comprende toda su producción corregida hasta ese momento, al que le siguieron “Sonetos cristianos” (1942) y “La Patria desconocida” (1943), su primer libro en prosa.
El “Soneto de tus vísceras” —a su tiempo, criticado como lamentable y de mal gusto— fue justicieramente incluido en la “Antología Poética Argentina” que en 1943 publicaron Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares.
Comenzaba así: “Harto ya de alabar tu piel dorada,/ tus externas y muchas perfecciones,/ canto al jardín azul de tus pulmones/ y a tu tráquea elegante y anillada./ “Canto a tu masa intestinal rosada/ al bazo, al páncreas, a los epiplones,/ al doble filtro gris de tus riñones/ y a tu matriz profunda y renovada”.
En 1949 editó “Parva”, con el que logró el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores; se lo entregaron en junio de 1950, un mes antes de morir, el 7 de julio. Entre otros libros inéditos, dejó sin terminar la “Guía Caprichosa de Buenos Aires”.
Poco antes de morir, Baldomero Fernández Moreno se había planteado: “¡Quién va a fijarse en mí, si hay tanta prisa!/ ¡Quién va a escuchar mi voz, si hay tanto ruido!” Se equivocó: en 2000, al cumplirse medio siglo de su muerte, varios artistas le rindieron tributo en el Centro Cultural Borges. Y lo hicieron ilustrando los setenta balcones: trabajaron sobre grabados del edificio de Pueyrredón y Corrientes, al que cubrieron de plantas y flores y letras. El resultado fue un libro con 21 imágenes, que prologó Ernesto Sábato, y que al término de la exposición fue subastado con fines benéficos. Pese al ruido y a la prisa, su voz sigue escuchándose hasta en la música de Piazzola dedicada a sus balcones.
Ana María Bertolini

Fuente: El Diario de Paraná

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