Lunes
14
Octubre
Occidentes

Hizo historia con su libro que publicó hace 80 años, La crencha engrasada. Utilizó el seudónimo de Carlos de la Púa, y esa obra abrió la puerta de la literatura al lenguaje de las orillas. También escribió tangos y guiones de cine. Un personaje singular.

Carlos de la Púa, el pionero


Se llamaba Carlos Raúl Muñoz y Pérez, pero él mismo se adjudicó el apellido Muñoz del Solar. Tal vez construyó su propia leyenda cuando se hizo llamar Carlos de la Púa y, también, El Malevo Muñoz. Su porte era digno de este apodo: imponente contextura física, pelo lacio caído sobre la frente, amplias espaldas, manoplas anchas y fuertes, adecuadas para el apretón o la trompada demoledora. Su vida se destacó por la bohemia y el culto a la amistad, en tertulias interminables. Amigo de Gardel, de Raúl González Tuñón (a quien llamaba el otro poeta suburbano) y otros intelectuales y artistas de la época, como Nicolás Olivari, Jorge Luis Borges, Enrique González Tuñón, Aníbal Troilo, Roberto Arlt, Enrique Cadícamo. Frecuentaba los más bajos fondos del Buenos Aires de entonces. Se basaba en estibadores portuarios, obreros de todos los oficios, delincuentes, prostitutas, personajes de la noche, que luego pasaban a sus versos en el lenguaje natural de ese mundo marginal. Los escribió en lunfardo.

Aporteñado

Había nacido en La Plata el 11 de enero (otros datos fijan la fecha el día 14) de 1898, pero creció en el porteño barrio de Once y allí falleció el 5 de mayo de 1950. Muchos tal vez no sepan quién fue, pero Carlos de la Púa huele a ciudad y a tango, y eso les basta. A medida que pasan los años, se acrecienta el renombre de este caso único en la poesía popular.
Fue autor de los tangos Luces de París, Coraje y Fuego, los dos últimos grabados por la orquesta de Julio De Caro. Escribió los poemas lunfardos: Barrio Belgrano, Barrio Once, Hermano chorro, La canción de la mugre, Langalay, La Cortada Carabelas, Línea Nº 9, Los bueyes, Sor Bacana. También incursionó en el periodismo, en la revista El Hogar y en el diario Crítica. Fue guionista de la primera película argentina del cine sonoro: ¡Tango! (1933) y participó en guiones y dirección en otras dos: Galería de Esperanza (1934) e Internado (1935).

Su libro

La crencha engrasada, subtitulado Poemas Bajos, -la obra que lo identificó para siempre-, apareció en 1928. Está escrito en caló, que es la lengua de los gitanos y, por extensión, del bajo fondo. Ciudad/ te digo la frase guaranga del caló/ para hacerte más mía/ para hacerte más íntima… Es considerada la pieza máxima de la lunfardía, según especialistas, uno de los cuales apuntó: “El autor supo descubrir las palabras reas que calzaban en la forma perfecta de sus versos. No fue solamente una travesura lingüística, sino la profunda visión de estratos marginales y humildes de Buenos Aires”.
Un escritor que trascendió por imperio de su lenguaje y su vida tumultuosa, mencionado en el tango Corrientes y Esmeralda por Celedonio Flores: Te glosa en poemas Carlos de la Púa/ y el pobre Contursi fue tu amigo fiel…/ En tu esquina rea, cualquier cacatúa/ sueña con la pinta de Carlos Gardel… En la Academia Porteña del Lunfardo hay un sillón con el nombre de Carlos de la Púa, lugar en el que figuran otros cultores populares de la talla de Alvaro Yunque, Sebastián Piana, Alberto Vacarezza, César Tiempo o Pascual Contursi.

La partida

Su particular humor lo acompañó a Carlos de la Púa hasta último momento. Siempre se había mantenido al margen de la religión, pero al final aceptó la asistencia de un sacerdote. “Nada cuesta tirarse un lance”, justificó. Un familar tenía una bóveda en el cementerio de Recoleta. Allí fue enterrado. Cadícamo leyó las palabras que había escrito, con mucha ternura, Cátulo Castillo: “Este personaje fabuloso en nuestra admiración se fue por una absurda escotilla hurtándose a sí mismo, privando a la ciudad de un porteño convicto y confeso de la poesía lunfardesca”.
Julián Centeya le escribió y recitó La canción del espiante: “Su lenguaje es a veces crudo pero nunca ofensivo. Es el lenguaje de la calle, del malecón, de la cancha de fútbol. Creo que, en realidad, es el lenguaje de la vida tumultuosa, verídica, exacta, cabal, que se vive, se siente y se sufre. A través de mis recuerdos, de la amistad que nos unió y la admiración que sobrevive, éste es Carlos de la Púa”. Había muy poca gente en la ceremonia póstuma. Tenía 52 años.

Langalay

(Poema lunfardo de Carlos de la Púa)
Vivió sacándole punta al coraje.
Prepotente y cabrero,
le gustaba clasificar los puntos del reaje,
y a los que no sabían guapear
les ponía cero.

Conocía el santo y seña del cuchiyo,
usaba taco alto
y escupía por el colmiyo.

Del cogote, como un escapulario,
le colgaba un prontuario
de avería.
Al barrio de Las Ranas
hizo temblar con sus macanas.

Hoy el progreso lo empujó para Villa Madero.
Una mina con cancha le sacó las virutas de cabrero
y el amor al hijo lo hizo amainar.
Sólo conserva de recuerdo un suncho
grabado en la tarimba de un plenario
con estas ocho letras bravas: Langalay.

Por Hugo Gregorutti.

Fuente: El diario de Paraná

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