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Su pluma ha despertado la admiración de lectores tan exigentes como Julio Cortázar, Susan Sontag y Carlos Fuentes.

Luisa Valenzuela: ''El humor es un arma de defensa''


Cuando Luisa Valenzuela regresó a Buenos Aires, luego de dos años, en 1974, se encontró con una ciudad que no era la propia: "Cuando uno viaja por mucho tiempo nunca se regresa al mismo lugar que se dejó". En su caso, ese impacto fue el pellizco que la impulsó a escribir en un mes un libro de cuentos: Aquí pasan cosas raras. Y lo hizo asistiendo a los cafés, donde se respiraba la paranoia y el miedo.

Incapaz de comprender esa situación tan anómala -terrorismo de Estado, censura y persecución- decidió que la única manera de reinsertarse era escribiendo: "Toda persona que realmente tenga alma es escritor o escritora, no separa la vida de la escritura porque ésta es la forma de entender la vida y la realidad".

Trabajar en la revista Crisis y en La Nación le permitió vivir de cerca las amenazas de bomba, la violencia. Esa experiencia le enseñó a contar estos temas del horror y la tortura casi sin juzgar, haciendo literatura, no panfletos. "Eso fue muy importante: no contaminar la literatura de la política".

Sentirse amenazada no la paralizó: "Hay un miedo paralizante pero hay un miedo que te empuja a hacer cosas locas". Y sin proponérselo encontró en el humor la manera de contar las cosas del miedo: "Es un arma de defensa muy grande, como la ironía. Si no los usas sería imposible sobrellevarlo. Pero no es voluntario, las circunstancias te llevaban", asegura la escritora argentina quien visitó recientemente Venezuela para presentar su libro Cuentos completos y uno más (Alfaguara) en la Filven.

Valenzuela, podría decirse, tuvo ciertas disposiciones casuales a la escritura: su madre era escritora y su casa era visitada constantemente por escritores como Jorge Luis Borges. Inmersa en esas tertulias de adultos encontró la afinidad entre viajes y literatura. Y así, mientras Borges era el sedentario por excelencia, era también el más grande aventurero. "La escritura y los viajes para mí van juntos". Lo dice porque de niña se inventaba viajes imaginarios y los escribía. "Me da una enorme libertad interior y me interesan mucho las culturas ajenas. Los viajes son una enfermedad. Mi desgracia es no tenerle miedo a los aviones".

Entre sus experiencias recuerda una: la beca de escritores en Iowa en la que compartió durante ocho meses con escritores de toda América. Fernando del Paso, Nicanor Parra, Carlos Germán Vélez, Fernando Arveláez y los venezolanos Juan Sánchez Peláez y Antonieta Madrid. Al primero le presentó la que fue su esposa y con la segunda aún mantiene contacto (como con otros venezolanos). "Son maravillosos los dos. Ahora me estoy leyendo una novela de Antonieta que me encanta".

Su pluma ha despertado la admiración de lectores tan exigentes como Julio Cortázar, Susan Sontag y Carlos Fuentes.

Desde muy joven ha estado recorriendo el mundo, pues siempre hay un destino pendiente. El próximo es su novela El mañana. Otra aventura en la que el tema central es el lenguaje. Será una sorpresa incluso para ella: "Nunca sé cómo van a terminar mis novelas, es una aventura. El final aparece porque el inconsciente ha trabajado más de lo que uno cree. La novela te acompaña en la vida, el cerebro sigue trabajando y pensando".

Por María Gabriela Méndez

Fuente: El Universal

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