Miércoles
20
Noviembre
Occidentes

Hay ciudades que también vale la pena conocer en la ficción. Algunos escritores las han recreado en páginas que funcionan como calles de una geografía literaria digna de ser visitada.

La ciudad y la ética


En el Ulises, de James Joyce, Dublín aparece en sus distintos barrios y facetas, desde la panadería hasta sus bares, el cementerio o las peluquerías, sitios reinventados en la mirada de Lepold Bloom, su protagonista.

En Manhattan Transfer, de John Dos Passos, Nueva York se convierte en escenario del drama urbano, al igual que Berlín asolada por la Primera Guerra Mundial en Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin.

La guía podría ser realmente muy extensa: el Distrito Federal de México en La región más transparente, de Carlos Fuentes; los rincones insospechados de Barcelona en la obra de Eduardo Mendoza.

Buenos Aires ocupa un lugar de privilegio dentro del turismo literario. Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal se han encargado de difundir sus mitos y sus esquinas. Pero hay momentos en que la ciudad entera cambia, y es entonces cuando la literatura le otorga nuevas significaciones.

Íntimo y social

Así como Silvio Astier, el adolescente de Roberto Arlt en El juguete rabioso, refleja la lucha por vivir en los años treinta, ahora Sylvia Iparraguirre, en su flamante novela El muchacho de los senos de goma, crea a Cristóbal, un adolescente que busca una salida filosófica para su enredo existencial, al tiempo que exhibe las flaquezas de la ciudad durante la cuestionada década de los noventa.

Una ciudad corroída por la pérdida de valores, por el deterioro social, la impunidad invulnerable, la proliferación de desechos. Pero también una ciudad con nuevas canciones que la entonan, como las que suenan en esta novela, en la que se transcriben algunas frases de Indio Solari, cantante y compositor del grupo de rock Los Redonditos de Ricota.

Parece que hubiera dos dimensiones del ciudadano. Una conferida por el repliegue, el espacio del yo, y otra signada por el caos: la propia urbe. Iparraguirre articula estos dos espacios, el íntimo y el social, para dar cuenta de los cambios que transfiguran la ciudad.

A través de Cristóbal y de los demás personajes –todos entrañables en sus búsquedas y elucubraciones–, recobran vida algunas calles y barrios de Buenos Aires como Warnes, Almagro y el Parque Centenario. Trazado urbano que implica las consecuencias de una política que se desentiende de la ética.

Para resolver este dilema, Mentasti, el protagonista maduro de esta novela, se obstina en comprender a Descartes y a Wittgenstein como si en esos filósofos se hallara la clave de una creencia, ya sea en Dios o en el lenguaje.

De allí que rescate de la producción de Wittgenstein su "intento de eliminar la falsedad de lo que decía y la férrea elección de vivir según pensaba".

Una forma de entender la libertad bajo el sustento de una ética individual.

La ciudad pone a prueba esta práctica en todos sus rincones.

Por Silvia Hopenhayn

Fuente: La Nación

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