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19
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Tomás Eloy Martínez recuerda a Norman Mailer a horas de su fallecimiento. "Su físico de roble parecía condenarlo a la eternidad, pero de pronto todas las vísceras se le desbarrancaron, una tras otra, y el gran escritor se vino abajo de golpe".

Norman Mailer: El hombre que corrió los límites de la literatura


Nadie pudo borrar con tanta eficacia como Norman Mailer las débiles fronteras que separan la realidad de la ficción. Escribió periodismo con la misma soltura y brillo que se advierten en sus novelas, y trabajó las novelas con la paciencia de un investigador obsesivo para quien la realidad era sólo una de las ramas de la imaginación.

Como no podía ser de otro modo, Mailer murió un sábado, a la madrugada. Llevaba un mes y medio internado en el hospital Mount Sinai de Manhattan, y ya los médicos lo creían fuera de peligro. Su físico de roble parecía condenarlo a la eternidad, pero de pronto todas las vísceras se le desbarrancaron, una tras otra, y el gran escritor se vino abajo de golpe, como le había sucedido otras veces en los gimnasios de box.

Cuando conocí a Mailer en 1979, yo sentía la misma admiración que ahora por la fuerza luminosa con que ensanchó los límites de la literatura, encogiéndose de hombros ante el desdén de los críticos y avanzando sin inmutarse entre el alud de adjetivos que lo castigaban: oportunista, machista, ególatra.

En mi antología personal figuraban por lo menos seis de sus 39 libros: Los desnudos y los muertos, una novela de 700 páginas que escribió entre los 22 y 24 años, y publicó a los 25, en 1948; Los ejércitos de la noche, con el que ganó el premio Pulitzer en 1968; El combate, 1975, memorable crónica de la pelea entre Muhammad Ali y George Foreman por el título mundial de todos los pesos en el Zaire de Mobutu; La canción del verdugo, de 1979, y El fantasma de Harlot, de 1991, mil quinientas páginas admirables dedicadas a describir los laberintos de la CIA con una inteligencia narrativa y una sabiduría para entender el corazón humano que parecía haber desaparecido cuando murieron los grandes novelistas del siglo XIX.

Me dicen que la última, Un castillo en el bosque, es tan buena como Harlot, pero yo prefiero quedarme con las dos últimas y seguir releyéndolas, hasta recuperar en ellas el eco de su voz perdida.

Por Tomás Eloy Martínez

Fuente: La Nación

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