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12
Noviembre
Occidentes

Claro que en el rumbo que toma esta historia trasladada a escena, la trama estará compuesta por fragmentos que confunden e iluminan al presente con el pasado de estas tres hermanas.

Otra forma de contar el juego de Cortázar


En el original de Final de juego, el inquietante cuento de Julio Cortázar, tres hermanas juegan a las estatuas en una de las curvas del tren Central Argentino. En medio de la siesta, "corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril y, encaramadas sobre el mundo, contemplábamos silenciosas nuestro reino", escribe el genial inventor de Rayuela. En la versión libre de Ana Lidejover y Melisa Hermida, llamada La única manera (de contar esta historia es con mandarinas), la evocación comienza justo en ese instante suspendido en el cual estas tres hermanas alcanzan el máximo grado de placer y concentración.

Claro que en el rumbo que toma esta historia trasladada a escena, la trama estará compuesta por fragmentos que confunden e iluminan al presente con el pasado de estas tres hermanas. Y entre ese mundo de evocaciones y de complejas relaciones con los adultos se teje un secreto, se instala el tabú.

El trabajo posee momentos de una fuerte carga emotiva. Ahí está ella llamando a mamá de una forma desgarrada. Ahí está ella en medio de la soledad de la noche y sus fantasmas. Ahí están ellas evocando juegos en un rito que parece no tener fin. Y en ese jardín circular se dicen las maldades que sólo los niños pueden decirse a falta de filtro social, a falta de desconocer lo que significa el peso de lo social. Y viene el capricho. Y viene el grito desgarrado. Y viene la sonrisa. Y vuelve el secreto, y la complicidad, y la morbosa complicidad, y el morboso chantaje.

Un trío potente

Aunque el espectáculo quizá posea algunos problemas de dramaturgia tornándolo un tanto cerrado, desde lo actoral, desde la puesta y desde el obsesivo cuidado en la construcción del espacio en el cual transcurre la acción (por momentos el trabajo de arte está tan finamente articulado que se lo puede leer como una instalación plástica), no hay forma de que el signo escénico pegue en el cuerpo del espectador.

En ese sentido, las actuaciones de Magdalena Grondona, Sabrina Gómez y Ana Scannapieco son piezas fundamentales. Del trío, el trabajo de Scannapieco (quien ya ha participado en tres espectáculos de Claudio Tolcachir) alcanza momentos de una intensidad superlativa. Por otra parte, tratándose del primer trabajo de dirección de Ana Lidejover y Melisa Hermida lo que han logrado a partir de este cuento de Cortázar da para entusiasmarse.

Por Alejandro Cruz

Dramaturgia y dirección: Ana Lidejover y Melisa Hermida. Con Ana Scannapieco, Magdalena Grondona y Sabrina Gómez. Vestuario: César Taibo. Escenografía: Julián Villanueva. Iluminación: Omar Possemato. Música: Jackson Souvenirs. Animación: Magalí Zadoff. Los viernes, a las 21, en El Camarín de las Musas. Duración: 60 minutos.

Fuente: La Nación

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