Miércoles
18
Octubre
Occidentes

Las recordadas estrellas protagonizaron una de las grandes historias de amor del espectáculo argentino, tan real como la vida y furiosa como un guión de cine

Tita Merello y Luis Sandrini: un amor con la melancolía del tango


Seductora a más no poder, "la Merello" era una mujer con mayúsculas, que se salía de los cánones asignados para la época. Nunca siguió mandatos. Jamás. Fue precursora, audaz y vivió su vida enalteciendo a su género, haciendo gala de un feminismo no demasiado comprendido entre sus pares. Una "mina" de armas tomar. Así era. A todo o nada. Frontal, confrontadora, sin pelos en la lengua. Es que la vida había sido muy dura con ella desde muy pequeña. Analfabeta hasta los 20 años, aprendió a leer gracias a las clases de un hombre que le enseñó lo básico para que se pudiese insertar en un mundo de machos en el que la mujer estaba confinada a tareas menores. Eso no era para la Merello. Será porque a los 9 años fue boyera en el campo y trabajó a la par con la peonada.

Tita hizo lo que quiso y no se aferró a nada. A casi nada. Sólo vivió asida a un hombre desde que lo conoció, de casualidad, comenzados los años 30. Pero él estaba casado con una actriz que le llevaba varios años. En aquellos tiempos Tita ni lo miró. Apenas los saludos de cortesía y el compañerismo de convivencia en la filmación de la película Tango. 

Ya se hablaba de Tita. Se destacaba, tenía un aura especial. Frente a la cámara de cine, el micrófono de la radio o el escenario de la revista porteña y también en la vida. Se decía que era brava, y lo era. "De los que están acá, no me falta nadie". La frase, famosa entre los mitos de la farándula, alude a un supuesto dicho de la actriz al entrar a un restaurante de moda y "pispiar" por las mesas a los caballeros cenando. Tita era una mujer erótica, sensual, de piernas inmaculadas y unos labios para ser besados. Disfrutó de los placeres de la vida, hasta que se entregó a él.

Me enamoré una vez

Transcurrió una década hasta que Laura Ana Merello, tal su verdadero nombre, se volviese a cruzar con Luis Sandrini. Ambos estaban sin compromiso. Y con varias historias a cuestas. Ahora sí se miraron. Y se flecharon.

Corría 1942 y fue Tita la que tomó la iniciativa de la convivencia. El aceptó rápidamente. No hubo papeles, sino compañerismo. Y sobre todo, una pasión desmesurada, mucha piel. Sandrini era un hombre acostumbrado a seducir a las mujeres; eran su gran debilidad. Sus herramientas para el amor lo llevaron a enamorar a una Tita que jamás pudo olvidarlo. Jamás.

El querido actor, famoso por sus papeles de hombre bonachón que lograban risas y lágrimas en sus fans, en su vida personal era un poco más "desprolijo". Nadie dudaba de su honestidad, de que era un hombre de bien y un artista consagrado por las masas, pero las mujeres lograron hacerlo trastabillar más de una vez.

Ya encaminado el romance y la convivencia con Tita, el actor había sido contratado para trabajar en el cine mexicano. Así que Tita, abocada más que nada al teatro, abandonaba esporádicamente su trabajo para seguirlo a él. Fueron tres películas a partir de las cuales Luis se convirtió en una gran figura de aquel país, al tiempo que Tita también se ganó a ese público exigente a partir de algunos trabajos para los que fue convocada.

En 1947, la pareja regresó a la Argentina. Los problemas con la provisión de película cinematográfica virgen estaban superados, por lo cual la industria repuntó. Y mucho. Ante esta nueva realidad, Luis volvió a filmar bajo las órdenes de Luis César Amadori.
En Buenos Aires, Tita y Luis disfrutaban de una vida más apacible "jugando de locales". Asistían a estrenos, se los veía en los restaurantes de moda. Eran la pareja del momento. Unidos, felices, idílicos.

Ella estaba profundamente enamorada de ese hombre con fama de "Don Juan" como nunca antes lo había estado con ningún otro. Se desvivía por él. Tal es así que su vida se sometía a los caprichos de Sandrini, y sus necesidades personales y artísticas. La Tita rebelde le había dado paso a una mujer a la que sólo le interesaba estar cerca de su hombre y no contradecirlo. Las metamorfosis que, a veces, genera el amor. Tal era la devoción por ese hombre que, cuando filmaba, Tita le acercaba una vianda para almuerzo, pero se limitaba a dejársela al portero de los estudios. "El jamás me invitó a visitar el set", murmuraba la Merello a sus íntimos, con cierta suspicacia. ¿Acaso alguna amante de Luis se escudaba detrás de las escenografías del filme?

Quizás algo de eso habría. Se dice que Tita fue saludada por Francisco Canaro en el foyer del Teatro Alvear donde protagonizaba Buenos Aires de ayer y de hoy. Allí, el músico le preguntó cómo estaba y la actriz, fiel a su espíritu apesadumbrado, le respondió con un "como la mona". Canaro entendió que se debía al supuesto affaire de Sandrini con la actriz Alicia Barrié. Así, Tita se enteró que su adorado compañero la engañaba. Se dice, nunca nada confirmado. Luis sabía cómo disfrutar sin ser descubierto. No habría sido el único engaño, pero Tita siempre perdonaba. No podía vivir sin ese hombre, aunque el costo a pagar era alto.

Soledad

La Merello era una estrella. Y Luis ya había conquistado no sólo la Argentina sino también a México. Conformaban la pareja ideal. Exitosos, jóvenes, de buen pasar económico. Lo tenían todo. Y, sobre todo, una química que irradiaba pasión. Pero, se sabe, el destino, a veces, juega malas pasadas. Y los hombres, toman decisiones que ponen en riesgo la felicidad, sin retorno.

Corría 1948. Tita tenía un secreto entre manos: había sido convocada para protagonizar uno de los grandes papeles de su carrera: Filomena Marturano. Simultáneamente, Luis había sido tentado para protagonizar una película en España junto a una estrella de aquel país: Paquita Rico.

"Tita, nos vamos a España", le anticipó él pensando en que le estaba dando un gran regalo a su mujer. La Merello, que estaba en plena vorágine laboral, le confesó que estrenaría una obra mayúscula que, si bien había sido escrita por un italiano, parecía hecha a su medida. "¿Filomena Marturano? ¿Qué es eso?", le incriminó con desprecio Luis.

La carrera de Tita necesita el impulso que Filomena... le daría. "Me quedo, Luis. No puedo desaprovechar esta oportunidad", le dijo entre lágrimas. "Si te quedás, no me ves más.", le vaticinó él. Y así fue.

Luis partió a España. Y Tita estrenó con un éxito rotundo una obra que la marcaría para siempre. La llamaban la "Anna Magnani argentina", el teatro Politeama estallaba cada noche, con dos funciones diarias. Sin embargo, en la soledad de su casa Tita no podía dejar de llorar.

La Merello todopoderosa, puertas adentro era una mujer frágil, esperanzada en el regreso de su gran amor. Pero el teléfono jamás sonó. Luis regresó de España y al poco tiempo comenzó un perdurable matrimonio con la actriz Malvina Pastorino. Formaron una familia, tuvieron dos hijas. Fueron sumamente felices.

A Tita, en cambio, jamás se la vinculó formalmente con ningún otro hombre. Comenzó a padecer una soledad patológica que no le impedía seguir siendo una estrella contratada por sumas suculentas, pero que escondía un perfil oculto resquebrajado.

Se aferró a la religión. Buscó en la fe remedar desilusiones, una juventud marcada por ciertos hábitos libertinos y hallar en Dios la respuesta a ese amor que jamás volvió. O que volvió para encontrarse con otra.

Tita vivió muchos años en su departamento de la calle Rodríguez Peña. La Iglesia del Carmen fue un refugio diario mientras el cuerpo se lo permitió. El amor a su perro Corbata no pudo suplir la soledad de la ausencia de Luis. Su Luis. Lloraba a diario, aún muchos años después de la separación, por ese hombre que la cobijó y le hizo conocer el sexo acompañado del amor. Tita jamás había sentido esa conjugación.

Con gran ojo, en la década del 90, Susana Giménez unió en su show, por primera vez, a Tita con Malvina. "Estamos unidas por él", dijo la última mujer de Sandrini. Tita remató con un "él estará feliz de vernos juntas". El rating estalló.

Tita transcurrió sus últimos años internada en la Fundación Favaloro, gracias a la generosidad del gran médico argentino. Su mesa de luz estaba atestada de santos, rosarios y estampas. Y debajo de su almohada, una foto de Luis. Cada noche, rezaba por él. Por su alma. Y cada tanto, recordaba esos versos que escribió como legado de un gran amor que se deshizo como ensañado capricho del destino.

"Es llamarada recordarte con la sangre, saber que nunca, nunca más, ya te veré. Mirar mis sienes que blanquean y detienen con mil recuerdos esta angustia de querer".

 

 

Fuente: La Nacion

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