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18
Noviembre
Occidentes

Lisboa festeja la obra de Ángel Crespo, el más portugués de los poetas españoles y traductor del 'Libro del desasosiego'

El agitador ibérico


"La poesía es un camino de ida, pero sin vuelta. Los que vuelven regresan de otra parte". "El más trabajador de los críticos literarios es el olvido". "Prefiero el atardecer, soy occidental". "Hay una letra más con la que sólo se escribe poesía". Todos estos versos-aforismos del poeta y traductor Ángel Crespo, que parecen resumir en tres palabras su maestría, su inteligencia y su talante, están colgados estos días en las paredes del Instituto Cervantes de Lisboa, la ciudad que tanto amó. Forman parte de la exposición Con el tiempo, contra el tiempo, que se vio en Madrid en 2005 y ahora ha sido rescatada en Portugal para glosar el lado portugués de Crespo, aquel gran agitador ibérico que tradujo el Libro del desasosiego de Pessoa, fue el antólogo atento y plural que dio a conocer en España la poesía portuguesa y acabó siendo el más luso de los poetas españoles, o quizá el más español de los poetas portugueses.

Crespo (Ciudad Real, 1926-Barcelona, 1995) ha vuelto a su Lisboa de manera metafórica, pero con todas sus circunstancias a cuestas: sus libros, sus fotos de familia, su cara de buena persona, su pipa en la boca y su pasión febril y científica a la vez por Fernando Pessoa, Eugénio de Andrade o Guimaraes Rosa, tres de las cumbres del idioma de Camões que él tradujo al español durante su apasionada relación con la cultura y la gente de Portugal.

Un grupo de amigos, poetas y discípulos de los dos lados de la raya le esperaban en la calle de Santa Marta, sede del Cervantes: su viuda, Pilar Gómez Bedate; los poetas José Bento, António Osorio, Ángel Campos Pámpano, Eduardo Lourenço y Andrés Sánchez-Robayna; Antonio Piedra (comisario de la muestra), y el director del Instituto, y también poeta, Ramiro Fonte. Apenas se pusieron melancólicos o saudosos al recordar a Crespo. Todos tenían en la memoria a un tipo vitalista, hiperactivo, generoso, contento de vivir.

Pilar Gómez, que lo conoció en 1961 y estuvo con él de forma constante hasta su muerte ("casi nunca nos separábamos"), habló de su vida errante: "Salimos en 1967 de España y nos fuimos a Oporto y luego a Lisboa. Fuimos también a Italia, a Puerto Rico, pero éste fue siempre nuestro puerto seguro y ahora es mi patria amada, sin los sinsabores de la patria propia".

Crespo salió de España harto de franquismo y aislamiento, cansado de sectarismos literarios y olvidos interesados. Crespo militó en el postismo -vertiente surrealista con crítica social- y reivindicó la generación del 51 frente a la del 50, lo que pagó, como Cirlot, Ory, Gamoneda y algunos más, recordó Campos Pámpano, con el desprecio y el ostracismo.

Si otros claudicaron, él decidió luchar para vencer la cerrazón y devolver a España su conexión exterior; para tratar de tender, dijo Pilar Gómez, "los lazos con otras culturas que había atado la España de la República".

Quería escribir y leer, encontrar y divulgar. Fundó y dirigió revistas (al menos cuatro, una sobre cultura brasileña), estudió lenguas, viajó sin freno, dio clases en varios países, leyó muchísimo, lo hizo todo a un ritmo de vértigo, y tradujo, tradujo sin parar. Primero a clásicos italianos como Dante y Petrarca. Después se hizo lusitanista. Para siempre, explicó su viuda: "En la literatura portuguesa se sintió en casa: defendió a Pessoa y a Verde, se hermanó con las nuevas generaciones y acabó siendo un poeta ibérico".

En 1957 descubrió a Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Pessoa. En 1961, publicó la primera Antología de poesía portuguesa. La policía política de Salazar (la PIDE) sospechó de aquella atención desmesurada, dado lo que el propio Crespo llamó, como recordó su amigo António Osorio, "el divorcio cultural entre España y Portugal".

Todo había empezado por los poetas brasileños y había continuado por su pasión lisboeta, dijo Osorio, que resumió con una frase de Lourenço su tarea incansable y sutil: "Desde Unamuno no nos sentíamos tan profunda e íntimamente comprendidos".

Sánchez-Robayna, que prefirió leer algunos poemas de Crespo, y José Bento, que recordó su rara originalidad, forjaron con Campos Pámpano un retrato plural del autor de Ocupación del fuego como poeta "moderno, raro, exquisito, musical, exigente, heterogéneo, metafísico, riguroso y ambicioso".

Fue esa gran capacidad poética la que le permitió traducir con tanta calidad ("magistral, certero, sabio", dijo Campos Pámpano) libros tan endemoniados como Grande sertão, veredas, elaborar "antologías generosas y plurales" que dieron a conocer a poetas como Sophia de Mello, Herberto Helder, Ramos Rosa o el propio Osorio... Pero también traducir en apenas dos años el Libro del desasosiego. "Salió en 1982 en Oporto y en 1984 ya estaba en Seix Barral".

Para Eduardo Lourenço, Crespo estaba "lleno de una humanidad que se veía", tenía "una inteligencia y un corazón ibéricos", y fue el culpable de que los autores portugueses de ahora mismo "se paseen por España con toda tranquilidad". Sobre el Desasosiego, Lourenço cree que Crespo hizo bastante más que traducir el libro: "En portugués era un laberinto de fragmentos. Crespo lo convirtió en un libro-libro y abrió una nueva recepción internacional, la segunda vida de Fernando Pessoa, su conversión en un autor mítico y mágico que es leído en todo el mundo por una especie de masonería semisecreta".

Fuente: El país

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